Ni pío
Las décadas transcurren y sigue sin pronunciar su primera palabra. Aunque "mamá" fue la elegida por cinco de sus seis nietos, para él perdió vigencia hace mucho.
"Hable, don Servando. Sabemos que puede", insisten los médicos, desesperados. Como aquellos que de niño lo examinaban.
Las arrugas se acentúan cuando sonríe.
"Hable, don Servando. Sabemos que puede", insisten los médicos, desesperados. Como aquellos que de niño lo examinaban.
Las arrugas se acentúan cuando sonríe.
Desde luego, la fuerza contenida de don Servando y por extensión del micro son innegables.
ResponderEliminarMuchas gracias por compartirlo, Vicente. Me ha gustado
Salut.
Gracias a ti, dipandra. Qué bueno que te haya gustado.
EliminarUn saludo afectuoso.
Vicente
Vicente, me parece que a tu protagonista no le hacen falta las palabras para vivir. Si ha pasado décadas sin hablar hasta el punto de tener nietos, ahora ya no las necesita. Uno de sus nietos parece seguir sus pasos.
ResponderEliminarEl silencio ha sido su opción durante toda su vida, por eso sigue sonriendo a pesar de sus arrugas.
Me ha gustado. Enhorabuena.
Ojalá alguna vez, en algún lugar podamos darnos un abrazo, como el pasado sábado lo hice con los compañeros...
Besos
En efecto, Pilar, la vida de don Servando ha sido plena a pesar de su enigmático silencio.
EliminarCon suerte, algún día cruzaremos el "charco" para darnos ese abrazo, así son las cosas de la distancia. Por el momento, recibe igualmente sentido.
Vicente
Así, por lo menos, no dirá ninguna incoveniencia. Aunque si de verdad es capaz de hablar, con esa forma de actuar tal vez se pierdan en el camino muchas de sus experiencias y pensamientos al quedar fuera del alcance de su más próximo y querido auditorio. Suerte y un saludo, Vicente.
ResponderEliminar«El idiota grita, el inteligente opina y el sabio calla», reza el proverbio. Sin embargo, también es cierto lo que refieres, Jesús, algo de don Servando ha de perderse.
EliminarUn saludo afectuoso.
Muchas gracias.
Este Servando llevaba rigurosamente eso de "ser dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras". Parece que esa obstinación por no hablar que mantiene durante toda su vida, trae de cabeza a los médicos. Pero él solo está dispuesto a contestarles sonriendo. Como apunta Pilar, parece que uno de los nietos ha heredado la manía del abuelo. Me da que se me escapa algo de este caprichoso personaje. Muy enigmático y original, Vicente. Un abrazo.
ResponderEliminarNo sólo a ti se te escapan los pormenores de la personalidad de este puzzle viviente llamado Servando, Juana. Las razones de su silencio las lleva muy escondidas. Yo sólo puedo decirte ha encontrado la manera de transmitir sus emociones sin hablar y eso lo hace muy feliz. A las palabras se las lleva el viento, a las acciones no.
EliminarOtro abrazo, con afecto y admiración.
Ante tanta palabrería inútil, ese hablar por no callar que nos invade, alguien eligió tener una rica vida interior y sonreir, que ya es algo. Esa elección no le ha impedido tener una familia. Los extremos nunca son deseables, pero entre la incontinencia verbal y el voto de silencio de tu personaje, yo preferiría lo segundo. Además, seguro que se comunica mejor que nadie de otras maneras, como por ejemplo, escribiendo.
ResponderEliminarCurioso protagonista y original relato.
Un abrazo, Vicente
¡Exacto, amigo Ángel!
EliminarSirva este relato como homenaje a todos aquellos que son de pocas palabras habladas y muchas escritas. Sospecho que por aquí hay (¿habemos?) algunos.
Un abrazo en seis caracteres.
Vicente
Ni pío, pero tampoco ni mu. Parece ser que don Servando es hombre de principios (de palabra, creo que no mucho). Y así ha pasado su vida. ¿Por qué no quiere hablar? En muchas ocasiones, para decir tonterías mejor no decir nada. Pasa lo mismo con el sentido del oído, que para lo que hay que escuchar, pues eso...
ResponderEliminarExtraño cincuenta el tuyo, Vicente, pero a la vez tiene su no sé qué que lo hace ciertamente atractivo. Y gusta.
Enhorabuena y con ella un saludo muy cordial.
Así es, José Antonio. La de veces que hubiera preferido haber callado y ahorrarme problemas. De igual forma, suelo aplicar aquello de «A palabras necias, oídos sordos» que citas indirectamente.
EliminarExtraño el relato, extraño don Servando y clara como el agua tu gentileza.
Un abrazo.
Curiosa determinación la elegida por el protagonista. Y original punto de vista el tuyo, que dibujas el perfil de un personaje hombre-niño, enigmático y singular sin apoyo en palabra alguna por su parte. Parece no haberlas necesitado para vivir toda una vida y ser dichoso - la sonrisa final le delata -.
ResponderEliminarVoluntaria, o no, esa mudez nos retrotrae a los reflexivos a dirimir pros y contras de administrar palabras y silencios ante nuestros interlocutores. A convenir hablar menos y actuar cuando nos toque; hablar, si es necesario, cuando se impone por obligación acatar sumisos el silencio.
Aparte las consideraciones, el relato me ha encantado. En buena medida por la dimensión de este personaje que salta del micro y se te sienta al lado y, sin decir ni media palabra, te sonríe angelical y arrugado mientras tecleas el comentario.
Con tu permiso, Vicente, le voy a invitar a té y dátiles. Luego, más tarde, va él y te lleva mi enhorabuena por dejarnos un relato que con tan pocas palabras alcanza tan largo.
Un abrazo.
Hola, Manuel,
EliminarMe encanta que hayas definido como hombre-niño a don Servando, creo que no mejor manera de hacerlo. Algunos infantes retrasan voluntariamente el habla porque sus padres casi les "adivinan" el pensamiento, adelantándose a sus deseos de comida y diversión. «Hágalo pedir las cosas», dicen los médicos.
Ante una pausa de más de veinte años sin escribir, se le preguntó a José Saramago sobre la razón de la misma, a esto respondió el Nobel portugués: «No tenía nada que decir y cuando no se tiene nada que decir, lo mejor es callar».
El silencio puede ser una protesta o una expresión de paz, mi personaje parece ser una mezcla de ambas.
Mil gracias por tu espléndido y generoso comentario.
Un abrazo.
Vicente
La excéntrica obstinación de don Servando se queda fijada en la mente tras leer el relato. A él no le sirven las palabras, ha podido envejecer sin ellas y nos sonríe como si fuera poseedor de un enigmático secreto.
ResponderEliminarUn micro excelente y muy original, Vicente. Te envío un fuerte abrazo.
Según parece, uno de los secretos que guarda este singular personaje es el de atraer la atención de grandes plumas. Para muestra la tuya, Carmen.
EliminarAl final va resultar que la voz de don Servando se ha escuchado más lejos de lo que se pensaba.
Muchas gracias.
Otro abrazo de vuelta.
Este D.Servando está visto que no habla porque no le da la gana, sería bueno saber los motivos ya que esa sonrisa delata que hay algo detrás que desconocemos.
ResponderEliminarMe gusta que sin decir en ningún momento la edad nos la hayas hecho ver.
Buen relato Vicente, me ha gustado.
Un abrazo.
¡Muchas gracias, Javier!
EliminarEsa sonrisa es un misterio y, al mismo tiempo, una muestra de que la elocuencia no sólo se relaciona con el habla.
Un fuerte abrazo.
Has creado todo un personaje, Vicente, algo habitual en ti, por otro lado, aunque este hábito no te resta mérito alguno.
ResponderEliminarDon Servando tiene que estar horrorizado con esta frase tan larga, pero es que su silencio me ha provocado un ataque de verborrea que me cuesta controlar.
Este hombre enigmático traspasa la pantalla y parece, además, que tiene el don de la ubicuidad ya que, al igual que le ha ocurrido a Manuel, tengo la sensación de que está aquí, sentado a mi lado, esperando que me calle ya para escuchar el sonido de la ciudad dormida e intercambiar arrugas.
Espero que puedas perdonarme, te dejo. Voy a dedicarle toda mi atención.
Pero antes, un gran abrazo transoceánico.
Hola, Margarita,
EliminarEn lugar de horrorizado, estoy seguro que don Servando disfruta escuchar el timbre de tu voz. Sospecho que su felicidad se compone de palabras ajenas más que de monólogos interiores.
A ti, a Manuel y a cualquier otro compañero que guste de acompañar a este hombre silencioso, le agradeceré por siempre la paciencia y la nobleza así demostradas.
Un abrazo que abarque un mar.
Hola Vicente! Me gusta mucho este relato. Me hace pensar en cómo nos empeñamos en encuadrar a todo y todos en el marco de una supuesta "normalidad", y en cuán incómodos nos sentimos cuando alguien -ya por propia elección o por tener capacidades diferentes- exige ser medido con otra vara. Si Don Servando se las arregló para vivir toda una vida en silencio, por qué se empeñan esos médicos en hacerlo hablar? No se les ocurre que ya habrá transmitido todo lo necesario por otros medios? Para pensar... Te mando un gran saludo.
ResponderEliminarCuánta razón tienes, Silvina. Olvidamos que esa «normalidad» a la que te refieres no es otra cosa que el promedio de las conductas de un grupo de personas. Si «El barón rampante» eligió pasar su vida sobre los árboles, ¿por qué don Servando no puede hacer lo mismo con su silencio?
EliminarComo he dicho anteriormente, yo también resalto la importancia de otros lenguajes además del oral.
Muchas gracias por tu lectura y tus palabras.
Un abrazo.
Un cuento que intriga y desconcierta. Muy bueno.
ResponderEliminarBien dicen que, al menos en literatura, lo que no te sacude no vale la pena. No sabes cuánto me alegra tu sorpresa.
Eliminar¡Muchísimas gracias por pasarte a comentar!
Un saludo afectuoso.
Vicente, tu relato me hace pensar..., y me gusta.
ResponderEliminarDon Servando ha optado por guardar silencio, voluntariamente parece. Pero eso no le ha impedido formar una familia con hijos y nietos.
El tiempo ha pasado, y siendo mayor ya, sigue con su voto de silencio...
Por qué ese silencio?
Vicente, me gusta..., me sigue haciendo pensar...
Pocas cosas me halagan tanto como que alguien me diga que uno de mis textos le ha hecho pensar.
Eliminar¡Qué gentil! ¡Mil gracias!
Un saludo afectuoso.
Supongo que su voto de silencio será por decisión propia...¿Cual será el motivo de que permanezca callado? Quizás piense que no tiene nada interesante que decir o que todo lo que había que decir ya estaba dicho... El silencio puede ser relajante, y deja oír hasta los sentimientos de los demás.
ResponderEliminarMuy bueno. Un beso, Vicente.
Así es, Olga. Cuántos de nosotros no hemos guardado silencio ante la majestuosidad del mar o la espesura del bosque.
EliminarUn abrazo. Muchísimas gracias por leerme y comentar.
Un tipo sabio, Don Servando. Muy pronto descubrió el tesoro del silencio, ese contenedor de palabras donde maceran los pensamientos. Ese tiempo pausado que la reflexión utiliza para aprender.
ResponderEliminarNo me extraña que, ante el empeño de decir, sonría a sabiendas de que atesora el superpoder de escuchar.
Un gran relato con mucha 'chicha', Vicente. Enhorabuena.
Un abrazo.
Qué bien has explicado eso de «el tesoro del silencio», Antonio. Sin un tiempo de calma, fuera del ruido de la cotidianidad, la humanidad está condenada al precipicio.
EliminarMe da a mí la impresión de que tú eres un experto de la reflexión y la búsqueda de la sabiduría.
Más "chicha" tiene tu comentario.
¡Muchas gracias!
Otro abrazo de regreso.
Tu personaje, Vicente, es sabio y conocedor de que, muchas veces, más vale callar. Su sonrisa, en cambio, habla por él y...¡qué mejor comunicación puede existir que la de sonreír! Me ha encantado.
ResponderEliminarUn abrazo.
Muy cierto, María José. Pocas expresiones del ser humano son tan elocuentes como una sonrisa. Algunos tenemos la fortuna de conocer y apreciar a personas sordomudas. Créeme si te digo que están tanto o más comunicados que la gente sin esta discapacidad.
EliminarMuchas gracias.
Abrazos.
Este Servando que no ha dicho ni pío en toda su vida me parece que está hecho un pájaro, no sé si de cuentas o de letras, supongo que será de letras, pues en el caso contrario no creo que se hubiese atrevido a aparecer en estas Cincuenta palabras.
ResponderEliminarNo sé si esa determinación le ha venido de alguna terquería temprana, o ha sido producto de una reflexión más elaborada; sea como fuere, quizá habría que someterlo a la terapia a la que, en un chiste, le sometió a un mudo un médico que le dijo que iba a conseguir que hablase. En la primera consulta le arreó un martillazo en una rodilla y el mudo gritó: -¡Aaaaaa! Entonces, el médico, le dijo: -Mañana la be.
Por otra parte, el personaje de tu microcuento me parece que está emparentado con Bartleby el escribiente, personaje de un cuento de Melville, atrincherado en la frase: “Preferiría no hacerlo”.
Y ya que ha salido a colación Bartleby, recordar el libro de un escritor que a mí me encanta -Enrique Vila-Matas-, titulado Bartleby y compañía, en el que trata un tema también emparentado con tu microcuento: el de la desconfianza en el lenguaje, y el de los escritores que dejan de escribir para siempre o durante un tiempo prolongado.
Así que si Servando pertenece a alguna de esas familias, me parece que el trabajo que se toman los médicos es tan inútil como guiñar un ojo para aliviar la tos, por poner un ejemplo. Esas arrugas que se acentúan cuando sonríe lo dicen todo.
Por cierto, el nombre de Servando es raro por estos lares, yo sólo he conocido a uno, era un compañero de trabajo fallecido no hace mucho.
Abrazos, Vicente, y mis mejores aplausos.
Ja, ja, ja. Antes que nada, decirte que en México ese chiste del mudo lo contamos mucho más subido de tono (no me atrevo a transcribirlo).
Eliminar«Ah, Bartleby! Ah, humanity!», la frase final de esa gran obra que a más de uno, yo incluido, ha dejado con ganas de emanciparse del mundo. Sería un honor que mi exiguo personaje resultara, por azares de la genética, emparentado con tal clásico. Sin embargo, aunque muy probablemente el origen de don Servando sea más vulgar, su empecinamiento sí que es equiparable.
Caramba, lo que me dices sobre lo poco usual del nombre de mi personaje en tu tierra sí que me deja un saborcillo amargo. Me temo que en México tampoco hay muchos. He renunciado a "Juanes" y "Josés" queriendo dar al texto más universalidad hispanohablante. Otra vez será.
Correspondo a tus aplausos y abrazos con la misma moneda.
¡Mil gracias!
Retrato de la vida misma, que va transcurriendo paso a paso, silencio a silencio. arruga arruga.
ResponderEliminarBuena construcción del micro,
Suerte y un saludo.
¡Muchas gracias por leerme y comentar, María Jesús!
EliminarTe saludo con afecto.
Como dice una canción de El último de la fila: "Si lo que vas a decir, no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir".
ResponderEliminarYo creo que tu protagonista sabe perfectamente qué es lo que le ocurre y quizá tiene que ver con eso que apuntas en tu primer párrafo sobre la palabra "mamá" que para él perdió vigencia hace mucho.
Mi querido Vicente, el micro es tierno y bello, no quiero decir nada más para no estropear mi mensaje.
Te mando un beso bien grande, con todas las letras, claro y bien alto.
Malu.
Preciosa canción, Malu. Admito que no la conocía pero me ha encantado.
EliminarMuchas gracias, por la pieza musical y tratar de comprender a don Servando, pero sobre todo por tu generoso comentario, imposible de estropear.
Un fuerte abrazo.
A veces, resulta tan misteriosa la sonrisa de un bebé como la de un anciano, pero siempre supone una retribución para sus familiares.
ResponderEliminarUn buen micro, Vicente
Una dulce retribución, Plácido.
Eliminar¡Muchas gracias por pasarte a comentar!
El relato de Ángel me ha traído a la memoria a José martí y el tuyo me hace recordar a Isabel Allende, específicamente el personaje de Clara, en La casa de los espíritus, que igual que tu protagonista, optó por no hablar durante mucho tiempo. Tú has tratado muy bien el tema del mutismo y, especialmente, de tu relato me ha gustado mucho ese final. Vicente, buena historia.
ResponderEliminarSaludos.
Mil gracias por tus palabras, Beto.
EliminarUn excelente apunte el de tu comentario, leí «La casa de los espíritus» en la preparatoria y hasta ahora que lo mencionas no había reparado en la coincidencia entre Clara y Servando. Tienes un gran ojo.
¡Qué gusto que te agradaron mis letras!
Un saludo afectuoso.
Servando sabe bien que el silencio es el mejor guardián del pensamiento y de las emociones. Los silencios pueden decir mucho más que las palabras. Me cae bien tu lúcido personaje, Vicente. Felicidades y un fuerte abrazo.
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
EliminarHay tanta sabiduría en lo que dices sobre el silencio que después de leerte sólo se puede callar, Matrioska.
EliminarNo sabes cuánto me satisface que hayas simpatizado con don Servando.
¡Muchas gracias!
Otro abrazo de vuelta.
Me encanta. Todo abierto.
ResponderEliminar¡Gracias, Salvador!
EliminarUn abrazo.
Enorme personaje y no menos grande relato, Vicente. La insistencia en "normalizar" a don Servando por parte de los que le rodean, un rasgo tan propio de la condición humana, no parece molestarle; antes podría decirse que le divierte, con esa sonrisa que parece mostrar tanto como esconde. Increíble por otro lado todo lo que cuentas con tan pocas palabras.
ResponderEliminarEnhorabuena, amigo, y un abrazo.
Muchas gracias, Enrique. Para no variar, el análisis que haces de mi relato es preciso. La obsesión de los seres humanos por controlarlo todo puede llevarnos a un final aciago.
EliminarOtro abrazo de vuelta, estimado amigo.
Vicente
Creo que don Servando se pasa mas su vida obServando que hablando... Por cierto, muy buena elección. Me ha pasado a mi que me critican lo poco hablador que soy.
ResponderEliminarUn gran relato Vicente y mis felicitaciones por tan sabio relato.